En París, nadie olvida dónde estaba la noche del viernes 13 de noviembre de 2015

El 13 de noviembre de 2015, 130 personas eran asesinadas en París en unos ataques reinvidicados por el grupo yihadista Estado Islámico.

Diferentes versiones del siguiente texto, copiado acá en su totalidad, fue publicado en diversos medios de América Latina, España y Francia.

Pueden leerlo también en Radio Francia Internacional: A un año de los atentados, París todavía cura sus heridas y Estado de emergencia: un año de excepción y de excesos.

En La Tercera (Chile): Francia, a un año de los atentados

En La Vanguardia (España): Las heridas del 13 de noviembre

En La República (Perú) : París no olvida sus heridas

En Télam (Argentina): Testimonios del horror y el dolor a un año de los atentados en París

 

Bar Le Carillon, uno de los lugares atacados, imagen del 18 de noviembre de 2015.

Bar Le Carillon, uno de los lugares atacados, imagen del 18 de noviembre de 2015.

En París, nadie olvida dónde estaba la noche del viernes 13 de noviembre de 2015.

 

En París, nadie olvida dónde estaba la noche del viernes 13 de noviembre de 2015.

Inès D., quizás, más que nadie. Fumaba y bebía vino en la terraza del Café Bonne bière con un amigo. Apenas llegó a decirle unos chicos nos tiran petardos en la cara antes de darse cuenta que una ráfaga de balas le había dejado el brazo izquierdo colgando del hueso. Otras dos balas le explotaron el tobillo. Rengueando y arrastrando a su amigo, también herido, logró entrar al café y esconderse en el segundo piso.

“Me sentía morir. Había perdido mucha sangre”, dice hoy Inès, un año después de los atentados de París reivindicados por el grupo yihadista Estado Islámico que dejaron 130 muertos.

Cinco días estuvo en reanimación. Recién nueve meses después, en julio, pudo salir del hospital.

“Ahora estoy en fase de reeducación”, dice Inès que a los 24 años tiene que volver a aprender a disponer de su cuerpo. “Me suturaron el nervio radial, me acortaron el brazo – les balas le arrancaron seis centímetros del húmero – y me sacaron partes del hueso de mi cadera para trasplantarlos en el tobillo y en el brazo”, dice Inès sentada en la terraza de un café a sólo 400 metros del Bataclán, donde masacraron a 90 personas. “He aceptado lo que pasó, y ya lo quiero olvidar. No es una negación, ni una resignación. Quiero superarlo.”

Un año de trabajo físico le tomó a Inès probar que los médicos tuvieron razón al no amputarle el brazo. “Hace un mes logré levantar el puño. Fue un milagro”, dice sonriendo. Los médicos tampoco creían que volvería a caminar y hoy lo hace con tacos altos.

Nada permite sospechar que su cuerpo está recorrido por cicatrices. Ni que todavía tiene una bala junto a la rodilla. “Me van a operar de nuevo y quedaré internada entre tres a cinco meses”.

Como Inès, otras 350 personas fueron heridas durante los ataques. Para ellos fue un año de largas horas en ergoterapia, visitas a cirujanos y kinesiólogos, y también psiquiatras.

Tuve que aceptar mi nuevo cuerpo. Cuando me miré al espejo tenía el brazo más corto y el lado izquierdo de mi cadera hundido, por los huesos que me sacaron. Mi cintura ya no es simétrica. Pero el hueso volverá a crecer. La relación con mi novio me ayudó. Pierdes tu cuerpo de mujer y lo vuelves a encontrar en la mirada de tu hombre. Y tienes ganas de probar a este hombre que vas a hacer todo lo posible para recuperarte. Hay días que me doy cuenta que no puedo recuperar las capacidades que tenía antes. Hay días que me siento sola por lo que he vivido. Siento angustia y no tengo a nadie con quien hablar. Te destruye la confianza, y tienes que recuperarla. Avanzar es vivir con esto. Todos los atentados me afectan, los de Turquía, los de Irak, para algunos esto es una realidad cotidiana. No tengo odio hacia las personas que me dispararon. Era gente perdida que manipulan una religión. Soy franco-marroquí. Mi padre, quién ya murió, era musulmán y mi madre es cristiana. Yo leí el Corán cuando tenía 16 años, pero soy atea. Este ataque me obligó a hacer una recomposición entera de mi persona, de una manera filosófica. No tengo odio.  

Inès enciende su cuarto cigarrillo en una hora y recuerda que faltan pocos días para que ya sea nuevamente 13 de noviembre.

“Me voy a ir de París. Y haré algo festivo para esa fecha. Antes me encantaba la ebullición y el dinamismo de París”, dice Inès que llegó a la capital hace dos años para estudiar. “Pero ahora, cuando voy al trabajo, me cruzo con no sé cuántos militares armados. La tensión es palpable. Ya no quiero vivir acá”.

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En París, nadie olvida dónde estaba la noche del viernes 13 de noviembre de 2015.

David Fritz, quizás, más que nadie. A través de la ventana veía el edificio al otro lado del pasaje Saint-Pierre-Amelot. A pesar que apenas eran las diez de la noche, ya nadie caminaba por la estrecha calle. El barrio estaba en silencio. Las luces de los departamentos apagadas. Salvo una habitación, apenas iluminada por un televisor.

“Allá hay vida. Todo sigue normal. Y yo acá encerrado en una pesadilla”, se dijo David que junto a otras 11 o 12 personas – la memoria no le da la cifra exacta – era uno de los rehenes de los dos terroristas que todavía seguían vivos, agazapados en una pequeña pieza de la sala de concierto Bataclán, esperando el asalto final de la policía.

Solo unas horas antes, David, hoy 24 años, estaba con cuatro amigos escuchando a los Eagles of Death Metal desde el primer piso de la sala. “Fui un minuto al baño”, dice David. Su teléfono vibró cuando le llegó un mensaje de su padre que le avisaba: hubo un atentado en el estadio donde Francia jugaba frente a Alemania. David no terminó de guardar su teléfono en el bolsillo cuando desde la sala ya las ráfagas de Kalashnikov acallaban la música.

El resto fue confusión. Las luces se habían prendido. David se asomó desde el primer piso y miró hacia la “fosa”, el espacio abierto abajo frente al escenario. Ya la gente corría, ya gritaba y ya caía.

David no encontró la salida de emergencia que usaron sus amigos y al intentar llegar al techo saliendo por una ventana se encontró haciendo equilibrio en una fina cornisa a varios metros del asfalto. “Estaba seguro que iba a morir. O me caía o me disparaban”.

No cayó y uno de los terroristas le ordenó entrar.

  • ¿De dónde eres?, preguntó el atacante apuntándolo.
  • De Chile, respondió David, que tiene tez morena y pelo largo.

“Cuando le respondí eso vi en sus ojos desinterés. Después de eso Mostefaï no volvió a hablarme”, dice David que llama al terrorista por su nombre. “Para mí llamarlo terrorista es poco. Todo el mundo puede ser terrorista, pero al principio somos humanos. Él era humano. Tenía dos ojos, y una boca como yo. Era un inmigrante, como yo”, dice David quien llegó a Francia a los cuatro años desde Pucón pero nunca se naturalizó francés.

Dos horas y media estuvo junto a Mostefaï y Foued, el otro terrorista, encerrados en una diminuta pieza del primer piso. Los escuchó hablar de Siria, preguntar a los rehenes sus opiniones sobre el presidente francés François Hollande. A veces Foued salía y desde el balcón continuaba disparando a quienes habían quedado atrapados en la fosa. A las 00:19, cuando las fuerzas especiales iniciaron el asalto, los terroristas se hicieron explotar. David y el resto de los rehenes salieron ilesos. “Solo me quemé un poco la pierna con el fuego de la explosión de Mostefaï que se detonó a pocos metros míos.”.

A esa noche le siguió un año sin trabajar. Un año con visitas al psicólogo.

Todos los días 13 de cada mes fueron terribles. El peor fue el 13 de septiembre. Acá en Francia es el retorno de las vacaciones y la vuelta a clases. Yo veía a todo el mundo haciendo cosas, viviendo, y yo, en el mismo lugar, en mi casa, sin poder hacer nada. Me hizo acordar cuando era rehén y veía la luz de esa televisión que iluminaba el departamento. Afuera había vida, y yo encerrado en una pesadilla. Ahora tengo una novia. Estamos enamorados. Pero sigo viviendo en el Bataclán. Todo está filtrado por el Bataclán. Todo lo que hago y pienso está relacionado con el Bataclán. Todo, todo, todo. Todo es Bataclán.

Espero el día en que el Bataclán no esté tan cerca de mí.

En su antebrazo izquierdo y en número romanos lleva tatuada la fecha que le marcó la vida. XIII-XI-XV. Y una V por los cinco amigos que fueron al concierto. Todos sobrevivieron.

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Un hombre lanza una flor en la entrada de la sala de concierto Bataclán luego del acto de homenaje a un año de los ataques. Una placa fue colocada con los nombres de los 90 muertos en el lugar. 13 de noviembre de 2016.

Un hombre lanza una flor en la entrada de la sala de concierto Bataclán luego del acto de homenaje a un año de los ataques. Una placa fue colocada con los nombres de los 90 muertos en el lugar. 13 de noviembre de 2016.

En París, nadie olvida dónde estaba el 13 de noviembre del año pasado.

El doctor Matthieu Langlois asegura dormir bien por las noches y no pensar en los atentados, pero no olvida que fue uno los tres médicos que entraron a la fosa del Bataclán a las 22:40 cuando los terroristas, ya rodeados por la policía, mantenían todavía a los rehenes en el primer piso.

Matthieu Langlois es el jefe médico de las fuerzas especiales de intervención de la policía nacional y los heridos en la fosa llevaban una hora desangrándose esperando su llegada.

“Cuando hay un atentado terrorista, siempre habrá víctimas”, dice Matthieu, que acaba de publicar un libro sobre esa noche para, dice, “ahuyentar las fantasías de la gente que piensa que podemos salvar a todo el mundo poniendo torniquetes”. Pero, a pesar de su impostura estoica, confiesa que lo escribió el libro para espantar un fantasma que lo persigue aún un año después: que no pudo ni podía salvar a todos. “El libro me ayudó para decirme que no hice todo eso para nada”.

Esa noche, mientras que en la calle todo era pánico, adentro, en el Bataclán, todo era silencio. “Un silencio pesado” dice Matthieu. Decenas de cuerpos se apilaban en la fosa, “sobre todo a la derecha”. Tanta era la sangre en el piso, cuenta Matthieu, que era difícil mantener el equilibrio.

“El que pueda moverse que venga hacia mí”, gritó con la esperanza de sacar rápido a los heridos leves.

Nadie se movió.

Los que podían escapar ya lo habían hecho hace tiempo.

Entonces él y sus colegas, en solo unos minutos clasificaron las víctimas. Están los blancos, cómo llama Matthieu a los muertos sin ninguna duda. “Y están los otros”, agrega.

Los otros son los que tienen heridas no mortales, pero no pueden moverse; los que están petrificados por el pánico; los que deben ser enviados con extrema urgencia a los hospitales; y los que, a pesar que todavía respiran, ya no podrán ser salvados.

Recuerdo una joven con una herida de bala en la cabeza. Estaba inconsciente pero todavía respiraba. No tenía ninguna probabilidad de vivir. Yo sabía que iba a morir. Mi rol es clasificar. Si hay gente que tiene una oportunidad de sobrevivir estoy obligado a derivarlos al hospital antes que ella.

  • “¡Pero se está muriendo!”, me protestó un policía.
  • “Todos se están muriendo”, le tuve que contestar.

Cuando los médicos del hospital me confirmaron que la chica falleció al día siguiente sentí alivio. Asumo mis decisiones, pero necesito saber que eran las que debía tomar. Hay que decir la verdad, para las víctimas y las familias de las víctimas. Aunque sea inaceptable hay que aceptarla. La duda, la incomprensión es peor para ellos. Hay que explicar por qué tomamos estas decisiones.

El doctor Langlois no volvió a ver a ninguna de las decenas de personas a quienes les salvó la vida.

Homenaje en la sala de conciertos Bataclán a un año de los ataques. Una placa fue colocada con los nombres de los 90 muertos en el lugar. 13 de noviembre de 2016.

Homenaje en la sala de conciertos Bataclán a un año de los ataques. Una placa fue colocada con los nombres de los 90 muertos en el lugar. 13 de noviembre de 2016.

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Son las diez de la noche de un jueves de octubre. Cientos de hombres y mujeres, en su mayoría encapuchados se reúnen en la plaza Trocadero. Desde el otro lado del rio Sena, las luces de la Torre Eiffel iluminan el cielo negro.

Además de las capuchas una marca distingue a todas estas personas de los turistas. En los brazos llevan un brazalete que dice “policía”.

“Estamos cansados, físicamente y moralmente”, dice uno de los agentes reunidos. No dan ni su nombre ni muestran su cara por miedo a represalias del gobierno. Durante el mes de octubre y noviembre miles de policías en varias ciudades de Francia salieron a protestar por las noches.

“Nos piden proteger lugares susceptibles de ser atacados, pero no nos dan los recursos para hacerlo. Tenemos coches con más de 200.000 kilómetros, armas de los años 70, poco personal y agentes nuevos mal preparados”, dice otro policía. “Entendemos que el estado de emergencia sea necesario después de los ataques, pero ya va más de un año así y estamos agotados”.

El día después de los atentados, el presidente Hollande declaró el estado de emergencia que permite, entre otras cosas, disolver asociaciones que puedan alterar el orden público, asignar a arresto domiciliario a personas consideradas peligrosas y realizar allanamientos sin necesidad de una orden judicial. Este estado excepcional fue prorrogado tres veces, y regirá, por el momento, hasta finales de enero de 2017.

Manifestación de policías en París el 20 de octubre de 2016.

Manifestación de policías en París el 20 de octubre de 2016.

Pero estas medidas excepcionales no lograron evitar el degollamiento del cura Jacques Hamel, el pasado julio, ni el camión que atropelló y mató a 86 personas en Niza, también en julio.

Tampoco logró evitar los excesos cometidos por las fuerzas del orden.

“Hoy en Francia es posible asignar una persona a arresto domiciliario porque se estima que su comportamiento constituye una amenaza al orden público”, dice Dominique Curis de Amnistía Internacional Francia (AI). “Observamos en la policía un uso excesivo de la fuerza durante los allanamientos y además comentarios que estigmatizan a quienes profesan la fe musulmana.”

Curis menciona que algunas personas quedaron en la mira de las autoridades sólo porque iban muy seguido a la mezquita o porque entre los 3000 contactos que tenían en Facebook había gente que ya estaban siendo vigilada por los servicios de inteligencia.

Aurélie recuerda dónde estaba 10 días después de los atentados porque terminó con su novio en la comisaría, después de que una decena de policías entrara por la fuerza a su departamento, golpeara a su pareja con el pretexto, falso según Aurélie, que ambos gritaron por la ventana Daesh, siglas en árabe para referirse al Estado Islámico.

“Estábamos mirando televisión cuando escuchamos gritos desde la calle. Nos asomamos por la ventana y vimos varias personas que maniataban a un hombre y lo insultaban”, dice Aurélie, una estudiante de 24 años, que no usa su verdadero nombre para, dice, evitar más problemas. “Al principio no sabía que eran policías de civil. Sólo les grité desde la ventana que no valía la pena seguir pegándole al hombre que ya estaba esposado. Otro vecino salió por la ventana y le gritaron que se vuelva a meter adentro porque estábamos en estado de emergencia.”

Los policías, según el relato de Aurélie, los insultaron desde la calle, luego entraron al edificio, y a su departamento, y los llevaron arrestados por ultrajes y rebelión. “Mientras nos llevaban nos decían que nos iban a acusar de apología de terrorismo porque habíamos gritados Daesh. Pero no era verdad”, dice Aurélie que fue liberada 24 horas después pero su novio debió esperar dos días y fue llevado inmediatamente ante un juez. En enero de este año fue sentenciado a 70 horas de trabajo comunitario y 1500 euros de multa. Aurélie no fue acusada formalmente y la amenaza de los policías sobre la apología del terrorismo no fue mencionada durante el juicio.

“Tuvimos una sensación de injusticia. Yo soy joven, estudiante y blanca, así que todo va bien para mí. Pero hay poblaciones que son víctimas de la violencia policial”, dice Aurélie porque su novio, que eligió no ser entrevistado, es “negro”, dice y agrega que “los policías se comportaban como delincuentes.”

En un informe de febrero la organización no gubernamental Human Rights Watch resaltó que las autoridades realizaron más de 3200 allanamientos y asignaron a arresto domiciliario a 400 personas. La mayoría, dice el informe, son musulmanes o de origen magrebí.

A un año de los atentados, según Curis de AI, todavía hay 93 personas en detención domiciliaria que deben presentarse varias veces al día a la comisaría sin haber sido formalmente acusadas de algo.

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En París, todos recuerdan dónde estaban la noche del viernes 13 de noviembre de 2015.

Patricia Correia, seguramente, más que nadie. Disfrutaba de su última noche en Lisboa antes de volver a París se enteró de los ataques en Francia. Entonces hizo lo que toda madre hubiera hecho. Comenzó a llamar por teléfono a su única hija, Precilia, que vivía con ella en París.

Llamó y llamó hasta que la batería del celular de su hija cedió y sólo el contestador automático respondía.

A las 00:15, ya del 14 de noviembre, envió un mensaje de texto. Dame noticias tuyas. Estoy preocupada con estos terribles atentados. Besos.

“Nunca recibí una respuesta”, dice Patricia que no sabía que su hija estaba con su pareja en el Bataclán. “Cuando me devolvieron el teléfono de Precilia encontré un video que hizo del concierto justo antes de los tiros. Por las imágenes sé que estaban cerca de la puerta de entrada, para poder salir a fumar”. Cerca de la puerta por donde entraron a los disparos los terroristas. “Creo que murió a las 21:40 o 21:45. Fue a esa hora que se apagó la lucecita verde del chat de su Facebook, quizás hablaba con sus amigos”. Cinco balas le destrozaron el abdomen.

Última imagen del concierto que tomó Precilia Correia momentos antes del ataque terrorista que terminó con su vida en la sala de concierto Bataclán el 13 de noviembre de 2015. Su madre, Patricia Correia, encontró la foto en el teléfono de su hija.

Última imagen del concierto que tomó Precilia Correia momentos antes del ataque terrorista que terminó con su vida en la sala de concierto Bataclán el 13 de noviembre de 2015. Su madre, Patricia Correia, encontró la foto en el teléfono de su hija.

Precilia, soltera y sin hijos, hacía un año que había conocido a su nueva pareja, Manu, padre de dos niñas, quien murió junto a ella.

Precilia, 35 años, acababa de comprar un departamento a tres cuadras del de su madre, en Asnières-sur-Seine, un suburbio del noroeste de París, donde nació y creció. Mientras los albañiles remodelaban su futuro hogar, ella alternaba durmiendo entre la casa de Manu o la de su madre. Vivían las dos solas, como cuando era niña, sin el padre, que se había ido hace ya muchos años.

Ahí durmió el jueves 12 de noviembre. Su pijama todavía cuelga en la puerta del baño. “Es muy difícil tocar sus cosas”, dice Patricia mientras mira la habitación de su hija, tal como la dejo hace un año, cuando salió hacia su trabajo y de ahí al recital. “Ella creía que el concierto era el sábado. Pero a último momento un amigo les consiguió las entradas para esa noche”, dice y mira una foto de gran tamaño de su hija, como tantas otras que puso en el departamento. Ambas se parecen mucho, pequeñas y robustas, extrovertidas y, según me dice su madre de carácter fuerte. “En su trabajo era la delegada sindical”.

Precilia viajaba seguido a Portugal, la tierra de los ancestros de su padre. Si alguna vez tengo un accidente, le había dicho en una oportunidad a su madre, quiero que me lleven al cementerio de los Placeres. Ahí la llevó su madre, en las alturas de Lisboa, frente al rio Tajo y vigilada por el monumental santuario Cristo Rey al otro lado de la orilla. La llevó en un cajón blanco firmado por sus amigos. “Mira, le da el sol”, dice Patricia mostrado una foto del mausoleo que le cedió la municipalidad de Lisboa y que ella restauró.

Todos los días se me cierra la garganta. Te torturas en el interior. Estás habitada por un dolor. Aunque no lo muestres, a veces, cuando estás sola, te derrumbas. Hay gente que necesita un psiquiatra. No es mi caso. Yo necesito estar en acción, ayudando a las víctimas y a los familiares de una u otra manera. Así trato de volver a darle sentido a mi vida. Y a la noche, solo logro dormir porque estoy agotada. Siempre algo te recuerda la ausencia. Cuando Precilia volvía del trabajo, se bajaba en la estación de tren y después tomaba el colectivo para venir a casa. Si yo podía, a veces pasaba a buscarla con el coche. Me esperaba en la parada. Ayer pasé manejando por esa parada y la imaginé ahí esperándome. Voy a hacer perdurar su memoria. No tenemos que olvidar jamás lo que pasó. Jamás. Su ausencia estará presente hasta mi último suspiro. La olvidaré sólo cuando esté muerta. Y entonces ya no sufriré.

El próximo 13 de noviembre Patricia visitará, junto a otras víctimas y sus familiares, los lugares que fueron atacados hace un año. Será la primera vez de un ritual que, quizás, repetirá hasta el final para no olvidar lo que parece inolvidable. Dónde estaban ese 13 de noviembre de 2015.

Un año después Patricia Correia posa junto al retrato de su hija en el pasillo del departamento que compartían en las afueras de París. Su hija, Precilia, fue una de las 90 víctimas fatales del ataque terrorista en la sala de concierto Bataclán durante los atentados en París del 13 de noviembre de 2015.

Un año después Patricia Correia posa junto al retrato de su hija en el pasillo del departamento que compartían en las afueras de París. Su hija, Precilia, fue una de las 90 víctimas fatales del ataque terrorista en la sala de concierto Bataclán durante los atentados en París del 13 de noviembre de 2015.

Hugo Passarello Luna
Desde París

 

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